Mientras escucho una guitarra —y, lo más importante, un sonido distante de brisa que evoca una enorme sensación de soledad ficticia, pues no estoy solo en este momento— pienso que, realmente, el vacío del tiempo que dejamos marchar quizá no sea tan malo.
Es cierto. Cierto. Cierto. No lo vamos a volver a recuperar... aún. Porque, ¿quién sabe?
Ese tiempo desgastado, herrumbroso, al que he visto marchar mientras escucho el instrumento y la tonada melancólica (pero a la vez con garra, fuerte, que no quiere despedirse de un mundo que hace mucho que dejó de existir), ese tiempo, en realidad, no significa demasiado si no llegó a entregarte lo mismo
que tú le
entregaste
a él.
De la costilla una vez roída, solo queda el hueso.
Los minutos no son tan importantes como a veces creemos.
Qué bonito es decir adiós.
Comentarios
Publicar un comentario