Dios es una puerta...a ningún lugar.




La entrada, justo al revés, muestra la puerta en un modo inverso. Llamémosle 2.0.

Nos adentramos en obsoletar lo que antes pensábamos que era la perfección, pero sabemos que siempre va a llegar una versión distinta.

La puerta es Dios. No se sabe lo que hay detrás hasta que la atravesamos. Y realmente, ¿nos muestra lo que hay tras su umbral o simplemente lo que queremos ver?

¿Existe la realidad?

N

O

Serge Haroche concluía con un tajante: «Dios efectivamente está jugando a los dados».

No hay nada más allá de la puerta, pues la puerta es todo. Pero, al observar su interior con los ojos de un mortal, la omnipotencia de la puerta, cansada y triste, muestra lo que tal vez querríamos contemplar.

El cosmos. La inmensidad. La vida perdida. Los futuros encuentros. Las baratijas galácticas en burdeles interestelares.

No muestra el vacío.

¿Está Dios vacío? ¿Quizá es el último ser moribundo de quien-sabe-dónde-y-cuándo y en su tripa de madre alberga un único planeta, el nuestro, donde muestra lo que ocho mil millones de personas quieren ver más allá de su inmensidad, que crea según miramos?

¿Está pidiendo Dios ayuda o simplemente quiere desaparecer?

No hay nada más allá y tal vez, categóricamente, lo creamos, como hacían en la ciudad oscura de Alex Proyas.

Quizá no hay nada y tal vez rezamos a un ente que simplemente quiere dejar de existir y no puede.

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