no hay sugerencias que coincidan.


Ese toc toc toc de la puerta ha sonado hace apenas unos segundos. Pero, ¿para qué abrir? La última vez que sonó, tampoco había nadie.

Cierras la puerta y vuelve a sonar. Abres y vuelves a ver esa curiosa nada, la grieta en la pared y esa luz que siempre parpadea de manera irregular.

Te vuelves a sentar y piensas: ¿Cómo es que el agua en la ducha sale caliente cuando hace frío? Estando tan concentrado en esa curiosa nada, notas el impacto de una, dos, mil, millones de gotas que se revuelven por tu cuerpo. Y necesitas cerrar el grifo y volver al frío arcaico.

¿No deberíamos estar siempre al amparo de la luz y el calor?

Pero reconoces que el frío es tentador, que la luz se tiene que apagar, y que el círculo se cierra cuando vuelves al principio.

Y la puerta se abre sola. Y no hay nadie. Solo el parpadeo de la luz.

Parpadéa. Parpadéa. 


Par. 


Pa. 


Dé. 


A.

Los pantalones con mugre siguen ahí. Los dejaste (los dejamos). Los dejaste (los dejamos). Y LOS DEJASTE (LOS DEJAMOS).

Pero nunca volvió a por ellos. En su lugar, han quedado sucios, harapientos, en un armario en el que se encuentran fuera de lugar.

Y esperas (esperamos) a que regrese a por ellos.

Pero nunca viene y tienes (tenemos) miedo (¿quiénes? ¿quiénes?) a tirarlos.

Son pequeños y feos. Nunca te gustaron (creo que a mí tampoco), pero ahí están. Compartiendo espacio con esa curiosa nada.

Al final, la puerta se cierra, y el parpadeo constante de la luz ha entrado mientras esperas que se apague de una vez por todas.




La piel, por bonita que sea, se acaba pudriendo y descolgando, para dejar ver lo único que no queremos observar: los huesos. Las alas de plata nunca volvieron a abrirse, y nadie voló de nuevo, porque nunca fuimos quienes creímos ser.

Y así, solo queda polvo y... nada.

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