La mecánica del golpe y la armadura que no se abolla
Nadie es inmortal. Tampoco intocable.
Cuando recibes el golpe, quizá tu armadura no se quiebra, y tal vez no se quebrará jamás. Pero la resonancia hiriente que viaja a través de las moléculas de tu protección hiela más que mil tundras y duele como cualquier impacto.
Tal vez tu cadáver descanse con una armadura sin abolladuras, pero el final te ha llegado de la misma manera que al resto: herido mortalmente en tu interior.
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