¡que repugnancia!


Compré cuatro peras, verdes, solemnes, 

y las guardé sabiendo que eran mías; 

que estarían un lunes o quizá un viernes. 

Qué bellas, qué ricas, me repetía.


Comí una con miedo, celosamente, 

mirando con gusto, y el diente hincaba; 

cerré los ojos y pensé vagamente 

que aún tres eran las que guardaba.


¿Para qué esperar, si yo las poseía? 

Comí las otras dos, el agua por la barbilla; 

el líquido de las peras, cómo fluía, 

y el sol me bañaba. ¡Qué maravilla!


Quedaba una, esperando en su nicho. 

Muerdo y la miro: me entra una arcada. 

Dentro reptaba un pequeño bicho 

y la tiro con rabia, de una bofetada.


Entonces pienso en las que poseía: 

si he visto en la última la repugnancia, 

en las otras también, pero por cobardía, 

tal vez cegado, viví en la ignorancia.



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