Salta
—¡Salta! ¡Salta! —dijo ella. —Pero, ¿dónde? —respondió sardónicamente él, con una gran sonrisa que solo podía dibujarse cuando la observaba. —Da lo mismo —gritaba sin dejar de reír la mujer—, no importa el lugar. Con la cara de un recién enamorado habló: —¿Ni el cuándo ni el cómo ni el porqué? Ella reía, reía y reía mientras le ofrecía su mano, la que él había estado esperando toda la vida. Saltó, y sin dejar de sonreír, vio cómo ella con una celeridad inhumana apartaba la mano, y de esa manera, cayó para siempre en ese agujero oscuro... ...pero tal vez, en algún momento, se agarró a otra mano, pues nunca perdió la fe.
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Algunas veces, también tenemos derecho a leer cosas que sean agridulces. cosas que acaben medianamente bien. o al menos que no se cierren como el portazo de un "ya te llamaremos" cuando sales de una entrevista de trabajo.
Total, solo tenemos la certeza de esta vida.
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