salmo. el adiós de los Dioses.



Un ladrido sordo y una ventana, 

un gemido, corta una espada, 

el blanco, el paraje, la arcada,

los grises del alma, sola, aterrada.


La ventana rota muestra la helada, 

el ladrido se queda solo en la estacada, 

la espada rota, en esta velada, 

el gemido se funde, ya no hay llamada.


Con un tono fúnebre, la campanada, 

el heraldo se hunde en la madrugada, 

los cristales miran, ya no hay cruzada, 

la piedra consume una llamarada.


La lágrima brota, cae saturada 

de tono ceniza, a la tierra ajada, 

Él ya se hunde, vida evaporada, 

pues ya no hay ladrido, no queda nada.

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