¿donde está el cuerpo?

La mujer, sujetando una botella de cerveza, miraba la cabeza arrancada del insecto, que reposaba allí, sin vida, pero con esos pequeños ojos observándola. Las antenas parecían intentar enviar algún tipo de mensaje que ella no era capaz de ver.


¡Ping! El sonido de la alarma del horno sonó en ese momento, y la mujer apoyó la botella sobre la mesa y se levantó de la silla, camino de la cocina. Abrió el horno. ¡Olía delicioso! Había aprendido a cocinar cuando era pequeña con las enseñanzas de su abuela. "¿Dónde reposaría la abuela ahora?", pensaba mientras se ponía los guantes para sacar el asado. "Demasiada carne para mí sola", se quejó en voz alta. Puso un plato y miró la cocina. "¡Qué desastre!", pensó con desdén. Toda la cocina estaba embadurnada de líquido bermejo, ese día le tocaría limpiar bastante.

Se sirvió un poco de ensalada, y depositó varios pedazos del asado. No usó cubiertos especiales. Un tenedor que descansaba en el fregadero y el mismo cuchillo ensangrentado con el que había cortado los pedazos que se habían estado cocinando en la bandeja.

Fue caminando con paso decidido, con el plato en una bandeja de color azul celeste para seguir dando buena cuenta de su cerveza. Fijaba la vista a lo lejos, en ese pequeño punto, en esa cabeza de la cucaracha. ¿Dónde estaba el cuerpo? Se golpeó con una bolsa de basura que descansaba entre la cocina y el salón y parte del contenido cayó al suelo con un golpe seco. Maldijo en voz baja, casi sin que se la escuchase, y se sentó con la silla medio girada. Posó el plato con desgana y dio un sorbo largo de cerveza. La cabeza seguía allí. Sonrió. "Jódete", pensó, "ya no vas a ser un problema nunca más".

Comenzó a engullir, primero cortando y lacerando la carne con suavidad, después clavando el cuchillo con rabia, y terminó comiendo con las manos, la grasa introduciéndose en sus uñas, mojando sus labios, los fluidos del condimento y el aceite manchando su barbilla y sus mejillas. La carne se incrustaba entre sus dientes y las hebras deshilachadas asomaban como pequeños pelos que intentaban escapar. Cogió la botella y vertió su contenido en la boca. La cabeza del insecto contemplaba el banquete. La botella se resbaló y cayó en el plato a la vez que el líquido salía de su boca, cuando el ruido de la cerradura de la puerta sonó y se abrió de par en par. Era él.

Con los ojos tan redondos como los de una lechuza, dejó caer el maletín, que chocó con el parque de bebé que descansaba allí. Oteó horrorizado la escena y, desde lejos, pudo ver toda la sangre que decoraba la cocina, los pequeños huesos que asomaban dentro de una bolsa de basura y la ropa de su hija tirada por el sillón.

Cayó de rodillas y posó su mirada en la cabeza de su hija, que yacía en el suelo, enfrente de su esposa, pero ¿dónde estaba el cuerpo? Lo último que vio antes de desplomarse inconsciente hacia su lado izquierdo, fue la sonrisa perturbadora de ella ofreciéndole un plato de comida.


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¿Dónde está el cuerpo?

Ayer, en un momento extraño, mientras me disponía a tatuar, me fijé en un punto que había en el suelo. Era un punto marrón que pensé que era un trozo de tierra. El punto marrón, para mi sorpresa, era la cabeza de una cucaracha... pero ¿dónde estaba el cuerpo?

¿Había arrastrado yo en mi calzado el cadáver del animal o es que en la sombra, observando sin que nadie lo supiésemos, había un depredador más terrible que había dejado esa cabeza para que recordásemos que siempre hay alguien que acecha en la oscuridad?

Penny.



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