frente al espejo

(Lévy-Bruhl, 1985: 293-4.)

LA DAMA DEL ESPEJO

El Rey de Sevilla
le dijo a mi madre:
tienes una hija mágica, que al mismo Rey Errante

Alejandro A. González Terriza, “Verónica, la Virgen del Espejo y las Tijeras”

le ha arrebatado el juicio. Aquél que la llama
en el espejo mágico
ve la cara de un ángel que vuelve de su exilio

(Alejandra Pizarnik, El árbol de Diana

en la noche
un espejo para la pequeña muerta
un espejo de cenizas

Solo tres, de tantos que debe haber; de tantos relatos, de tantos escritos, de tantas vivencias y, tal vez, tantos cuentos inventados a partir de alguna penuria real sobre la que debió caer el peso de los charlatanes y los alcahuetes. ¿Quién sabe sobre Verónica? ¿Sobre su origen o si realmente existió?

Ocurre que cuando eres niño, todo lo magnificas, y algunas cosas se quedan clavadas en el pecho, arraigadas en la memoria y adheridas con súper glue en el cerebro.

Un cordón de una zapatilla, un libro y, lo más importante, unas tijeras sin punta. Pues la punta mata, como el amor afilado y el odio desconsolado. Dos dedos meñiques que sujetan los bordes de tan artificioso mecano y la simplicidad del sí y el no. Sin medias tintas. Sin grises adultos ni tristes verdades cortadas en dos.

—¿Estás aquí?

Más valentía era susurrar en voz baja su nombre tres veces frente al espejo, esperando romper ese terrible velo entre esta dimensión y otra que quizá nunca debimos conocer.

Con el paso del tiempo, la epicidad de realizar actos tan bravos como invocar a los muertos cuando eres un infante se va diluyendo en el tiempo, y solo queda el recuerdo.

Pero el mío era el de escuchar sonidos raros entre el primer y el segundo piso de mi portal cuando cogía el ascensor, y esa sensación escopoestésica de alguien observándote. Y esa sensación, nunca se ha ido.

Enterramos las tijeras y los libros, los cordones y las Verónicas cuando el flujo de la realidad del mundo adulto invadió nuestras vidas, cambiándolas para no volver a recuperarlas nunca.

Pero tal vez, quién sabe. Quizá, Verónica sigue ahí.


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