La estrategia detrás de la estrategia.
Hoy me encontraba pensando en un dibujo, una pieza. En realidad no era una pieza, sino un encaje sobre algo que no estaba muy seguro de querer elaborar, pero que hice, como muchas veces, para desechar.
No porque quiera, no porque el destino lo haya trazado -quien cree en esas cosas-, sino porque simplemente, a base de dar golpes de ciego, alguno es certero y sutil.
Necesitaba un dibujo para una representación de un palacio ardiendo, y comencé a hacerlo, pero no me gustó absolutamente nada —lo más probable es que termine usando ese esbozo para algo— y de repente se me ocurrió hacer otro dibujo: un castillo ardiendo, agarrado por dos manos esqueléticas. Lo hice, pero en realidad se me antojaba anódino, en negativo, un encaje demasiado cargado, inexpresivo y carente de la potencia que necesitaba, pero total, era solo para un lado, el dibujo bueno tenía que ir en el lado opuesto.
Y de repente, no sé muy bien por qué, hilé castillo - torre - torre - ajedrez. No he hecho aún el dibujo, pero la mano esquelética —que representa el fin, tal vez el principio— sujetando una pieza de ajedrez —la torre— se me antojaba el dibujo que estaba destinado a ir ahí.
"La torre arde, en su inmensidad, a la vista de los ojos de todos aquellos que alcanzan a verla".
¿Pero no seré yo quien teje el destino de todas sus creaciones? me dije a mí mismo, mientras tecleaba y veía el texto con el cursor intermitente, hambriento de más palabras, de sentencias, de esdrújulas, de signos alfabéticos, del alfa y el omega, del arriba y abajo, del caos y el orden.
La torre arde porque yo he escrito el texto. Y si quisiese, ardería el alfil. Ejecutaría con un golpe certero cercenando la cabeza al caballo y a su caballero. Empalaría a la reina. ¿Pero por qué solo eso? Si quisiese, yo mismo podría tirar el tablero de golpe y acabar con todas las fichas de un solo puntapié.
¿Es tal vez esta sensación de poder la que nos toca vivir en muchas ocasiones? Alguien vigila en la sombra, o tal vez no. Pero la realidad tiene una gran X que no marca el lugar, aunque seguramente esté ahí, y es que lo que vemos es completamente inverosímil y etéreo, porque siempre hay algo detrás que sabe más de lo que nosotros sabemos.
Penny, desde el ángulo muerto.

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